lunes, 15 de diciembre de 2014
Azúcar que hierve
Saber que quizá nunca vuelva a sentir la fascinante sensación de amar a alguien.
Saber que quizá nunca vuelva a abrazar como a ti te abrazaba.
Saber que tal vez nunca vuelva a besar a alguien con tanta ternura.
Saber que nadie volverá a hacerme volar.
Extrañaré ver de cerca el carmín de tus labios tersos.
Entrelazar mis dedos con los tuyos.
Cada poro de mi piel parecía ser un sensor que no solo sentía tu roce, sentía todo tu ser.
Nunca había sentido con nadie nada más que el tacto.
El amor inconexo.
Nítida sensación predilecta y discontinua, como todas las cosas buenas de la vida.
Quisiera pensar que hoy es la última vez que te escribo.
Quisiera sanar y que no aparezca tu recuerdo cuando lea un poema.
No quiero volver a ver ni si quiera este texto nunca más.
Quiero saber el antídoto para sanar mi alma.
Sabía que el amor maravilloso no era gratuito.
Sabía que me cobraría todo con lágrimas y con dolor taladrando mi pecho.
Me queda pensar, que al estar lejos, quizá ya no te ame.
Pero a tu dulce recuerdo nunca podré dejar de amar.
Ese nunca será opacado ni por el dolor de tu partida.
Quisiera que nunca volvieras a mi vida,
porque la mueves como si fueras huracán.
Tu recuerdo sigue y seguirá doliendo.
Tú aparecerás como prototipo si es que alguna vez alguien trata de enamorarme.
Tú serás la meta que quiero alcanzar si me vuelvo a enamorar.
Tu recuerdo es luz.
Tu recuerdo se simboliza en mi mente con colores brillantes.
Tan hermoso que duele querer sentirlo de nuevo y no poder.
Siempre estaré enamorado de tu recuerdo.
Nunca me arrepentiré de haberte conocido.
Tu ser me hizo sentir lo que siempre hubiera querido.
El amor es simplemente lo mejor de esta vida.
Es la luz en la penumbra,
Es la esperanza en la catástrofe,
Es el sedante de mi alma turbia.
Y puedo morir feliz, porque al menos tuve la oportunidad de sentirlo alguna vez.
Podría decirte que te amo tanto que deseo que alguna vez sientas por alguien lo que yo te hice sentir.
Pero no quiero ni pensar en que alguien se lleve un pedazo de mi vida.
Puedo decirte que prefiero verte desaparecer a ver que alguien es feliz con algo que era mío.
Quiero dejar de amarte a ti y quedarme amando tu recuerdo.
Depender de otro es lo peor que pudo sucederme.
Es frustrante no poder controlarte.
Quiero que desaparezcas para poder quererte solo como un pensamiento.
Creo que prefiero morir de amor que vivir por nada.
viernes, 12 de diciembre de 2014
En Busca de Titulo
Iria creo en primero de bachilletaro (si no en tercero de secundaria)
Aún no sé que titulo ponerle
¿Me ayudan?
Infeliz es aquel a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquel que vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron... a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado; sin embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenaza con ir más allá, hacia el otro.
No sé dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se percibía un olor maldito, como de pilas de cadáveres de generaciones muertas. Jamás había luz, por lo que solía encender velas y quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra, sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi en ruinas y sólo se podía ascender a ella por un escarpado muro poco menos que imposible de escalar.
Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades; sin embargo, no puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa viviente salvo ratas, murciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo que, quienquiera que me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente viejo, puesto que mi primera representación mental de una persona viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido, marchito y deteriorado como el castillo. Para mí no tenían nada de grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las criptas de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las figuras en colores de seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado en todos esos años voces humanas..., ni siquiera la mía; ya que, si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar en voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no había espejos en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros. Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.
Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos y mudos, solía pasarme horas enteras soñando lo que había leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado allende de la floresta interminable. Una vez traté de escapar del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras se hacían más densas y el aire más impregnado de crecientes temores, de modo que eché a correr frenéticamente por el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre silencio.
Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día.
A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí en adelante, trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía un pie, seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños; negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que me envolvían no se disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadió. Tiritando de frío me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría mirado hacia abajo. Se me antojó que la noche había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular a qué altura me encontraba.
De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía haber ganado la terraza o, cuando menos, alguna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la oscuridad, palpé un obstáculo, descubriendo que era de piedra e inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferrándome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi mano, tanteando siempre, halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba, empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso avance. Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y más alto, supe que por el momento mi ascensión había terminado, ya que la puerta daba a una abertura que conducía a una superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y espaciosa cámara de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto tratando que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento. Mientras yacía exhausto sobre el piso de piedra, oí el alucinante eco de su caída, pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla cuando fuese necesario.
Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera el cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanterías de mármol cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión. Más reflexionaba y más me preguntaba qué extraños secretos podía albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo subyacente. De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del cual colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas incisiones que la cubrían. La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo superé todos los obstáculos y la abrí hacia adentro. Hecho esto, me invadió el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una ornamentada verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía desde la puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor estaba la luna llena, a la que nunca había visto antes, salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevía a llamar recuerdos.
Seguro ahora de que había alcanzado la cima del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja; pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la oscuridad tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando llegué a la verja, que hallé abierta tras un cuidadoso examen pero que no quise trasponer por temor a precipitarme desde la increíble altura que había alcanzado. Luego volvió a salir la luna.
De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el de lo insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes podía compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de las extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama en sí era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en esto: en lugar de una impresionante perspectiva de copas de árboles vistas desde una altura imponente, se extendía a mi alrededor, al mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por medio de lajas de mármol y columnas, y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna.
Medio inconsciente, abrí la verja y avancé bamboleándome por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones. Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese frenético anhelo de luz; ni siquiera el pasmoso descubrimiento de momentos antes podía detenerme. No sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación o magia, pero estaba resuelto a ir en pos de luminosidad y alegría a toda costa. No sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser mi ámbito y mis circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no del todo fortuito, sin rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el camino, otras abandonándolo para internarme, lleno de curiosidad, por praderas en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a nado un rápido río cuyos restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo atrás desaparecido.
Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué a lo que aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el foso había sido rellenado y que varias de las torres que yo bien conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo que observé con el máximo interés y deleite fueron las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al exterior ecos de la más alegre de las francachelas. Adelantándome hacia una de ellas, miré al interior y vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que departían entre sí con gran jarana. Como jamás había oído la voz humana, apenas sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones que despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absolutamente ajenas.
Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente iluminada, a la vez que mi mente saltaba del único instante de esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones que hubiera podido concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes un inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de todas las gargantas los chillidos más espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y del pánico varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían enloquecidos. Muchos se taparon los ojos con las manos y corrían a ciegas llevándose todo por delante, derribando los muebles y dándose contra las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las numerosas puertas.
Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos espeluznantes gritos, comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo lo viera. A primera vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirigí a una de las alcobas creí detectar una presencia... un amago de movimiento del otro lado del arco dorado que conducía a otra habitación, similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la presencia con más nitidez; y luego, con el primero y último sonido que jamás emití -un aullido horrendo que me repugnó casi tanto como su morbosa causa-, contemplé en toda su horrible intensidad el inconcebible, indescriptible, inenarrable monstruo que, por obra de su mera aparición, había convertido una alegre reunión en una horda de delirantes fugitivos.
No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este mundo -o al menos había dejado de serlo-, y, sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana reminiscencia de formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me estremecía más aún.
Estaba casi paralizado, pero no tanto como para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación: un tropezón hacia atrás que no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo sin voz y sin nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los miraba fijamente, se negaban a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté de levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió por entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y, bamboleándome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo adquirí de pronto la angustiosa noción de la proximidad de la cosa, cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de oír. Poco menos que enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto mis dedos tocaron la extremidad putrefacta que el monstruo extendía por debajo del arco dorado.
No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos.
Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus árboles; reconocí el edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible, la impía abominación que se erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados.
Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel edificio fantasmal y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando retorné al mausoleo de mármol y descendí los peldaños, encontré que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté, ya que había llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones y cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego entre las catacumbas de Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo. Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la alegría, salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide; y, sin embargo, en mi nueva y salvaje libertad agradezco casi la amargura de la alienación.
Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y toqué la fría e inexorable superficie del pulido espejo
jueves, 11 de diciembre de 2014
Azaroth
| Cuando el mundo se sumió en la vejez, y la maravilla rehuyó la muerte de los hombres; cuando ciudades grises elevaron hacia cielos velados por el humo torres altas, temibles y feas, a cuya sombra nadie podía soñar sobre el sol ni las praderas floridas de la primavera; cuando el conocimiento despojó a la tierra de su manto de belleza, y los poetas no cantaron sino a distorsionados fantasmas, vistos a través de ojos cansados e introspectivos; cuando tales cosas tuvieron lugar y los anhelos infantiles se hubieron esfumado para siempre, hubo un hombre que empleó su vida en la búsqueda de los espacios hacia los que habían huido los sueños del mundo.Poco hay consignado sobre el nombre y procedencia de este hombre, ya que eso correspondía exclusivamente al mundo despierto, aunque se dice que ambos eran oscuros. Baste saber que vivía en una ciudad de altos muros donde reinaba un estéril crepúsculo; y que se afanaba todo el día entre sombras y alborotos, volviendo a casa por la tarde, a una habitación cuya ventana no daba a campos y arboledas, sino a un penumbroso patio hacia el que muchas otras ventanas se abrían en lúgubre desesperación. Desde ese alféizar no se divisaba sino muros y ventanas, a no ser que uno se inclinara mucho para escudriñar hacia lo alto, hacia las pequeñas estrellas que pasaban. Y dado que los muros desnudos y las ventanas conducen pronto a la locura al hombre que sueña y lee demasiado, el inquilino de este cuarto solía asomarse noche tras noche, escrutando a lo alto para vislumbrar alguna fracción de cosas que estaban más allá del mundo despierto y de la grisura de la elevada ciudad. Con el paso de los años, fue conociendo a las estrellas de curso lento por su nombre, y a seguirlas con la fantasía cuando, con pesar, se deslizaban fuera de su vista; hasta que al fin su mirada se abrió a la multitud de paisajes secretos cuya existencia no llega a sospechar el ojo mundano. Y una noche salvó un tremendo abismo, y los cielos repletos de sueños se abalanzaron hacia la ventana del solitario observador para mezclarse con el aire viciado de su alcoba y hacerle partícipe de sus fabulosa maravilla. A ese cuarto llegaron extrañas corrientes de medianoches violetas, resplandeciendo con polvo de oro; torbellinos de oro y fuego arremolinándose desde los más lejanos espacios, cuajados con perfumes de más allá de los mundos. Océanos opiáceos se derramaron allí, alumbrados por soles que los ojos jamás han contemplado, albergando entre sus remolinos extraños delfines y ninfas marinas, de profundidades olvidadas. La infinitud silenciosa giraba en torno al soñador, arrebatándolo sin tocar siquiera el cuerpo que se asomaba con rigidez a la solitaria ventana; y durante días no consignados por los calendarios del hombre, las mareas de las lejanas esferas lo transportaron gentiles a reunirse con los sueños por los que tanto había porfiado, los sueños que el hombre había perdido. Y en el transcurso de multitud de ciclos, tiernamente, lo dejaron durmiendo sobre una verde playa al amanecer; una ribera de verdor, fragante por los capullos de lotos y sembrado de rojas calamitas... |
miércoles, 10 de diciembre de 2014
La navaja
jueves, 4 de diciembre de 2014
Socializar
No confío casi nada, si cuento algo es porque en el fondo, no me da miedo que el ''secreto'' sea descubierto.
No confío en las bocas ajenas.
Sé de antemano que cualquier punto de vista o anécdota que yo le cuente a una persona ajena, con quién no comparto lazos sanguíneos, será juzgado, criticado, motivo de burla, o de envidia, no lo sé, pero nunca lo sabré, y eso es lo malo, su instinto no será ayudar si cuento un problema, su instinto será sentirse superior porque a el no le sucede, me criticará en sus adentros, se reirá de mí o me deseará fracasos.
¿Y si le cuentan a sus madres, a sus otros mejores amigos o a sus parejas? Muy probablemente.
Todo problema grave será como una función teatral.
¿Si me quedo viudo? Buen tema de conversación.
¿Si me cortan una pierna? Interesante tema de conversación.
¿Si muero? ''ADIVINEN QUIÉN SE MURIÓ'' Sería una excelente curiosidad que contarían tus amiguismos de la preparatoria, quienes quizá ya ni si quiera te recordaban.
La gente es muy parecida. ¿Por qué aferrarse a las personas, incluso en un lazo tan absurdo como es la amistad? Si incluso se puede llegar a sentir coraje y envidia entre hermanos, ¿por qué no sucedería entre dos personas que ni si quiera crecieron juntas? Y cuando crees que dan todo por ti, cuando crees que encajan perfecto, que han pasado por tantas cosas y que han vivido tantos momentos, el ciclo escolar acaba y cada quien por su lado. O dos se casan y se embarazan. Y todos tienen sus propios amigos, en sus entornos correctos, ¡no existen las amistades sinceras de toda la vida! Después de vivir junto a otras personas, si regresas al pasado ya no sabes si quiera de qué hablar. Y la gente cambia. La amistad, algo tan reciclable. Tan reemplazable, tan lleno de hipocresía.
Me extraña aún que hayan personas tan estúpidas que crean que tendrán a alguien que estará a su lado por siempre.
Personas que creen que deben salir de fiesta todos los fines de semana, aunque sea con gente insignificante y aborrecible, y todo eso, para sentir que su vida no es tan vacía, todo eso para sentir que son felices.
Socializar es extraño. Llega un momento en el que conoces como se comporta cada círculo. Donde ya descubriste como funcionan las cosas, y extrañamente, pierdes el miedo al público, a las críticas, a hablar, a levantar la mirada. Porque precisamente aprendiste a ver a todos como lo iguales e insignificantes que son. Como soy yo, que también soy humano. Irónicamente ya puedo socializar mucho más que antes, y presentar donde sea alguna de esas máscaras que yo mismo elaboré basada en la observación de sus constantes y respectivas actitudes. No a profundidad, pero es una máscara, como la de ellos, capaz de ser cambiada cuando sea necesario.
La gente nació para fingir. Porque no vivimos solos. Estamos rodeados de humanos, dependemos mucho de otros humanos, no podemos estar nunca solos, dependemos hasta de las personas que están abajo, como de las de arriba. Tenemos que poner la mejor cara para no ser un inadaptado. Para que no te odien quien no te debe odiar. Tienes que lograr caerle bien a la gente que te puede servir de algo.
La hipocresía es supervivencia.
Si de verdad tuviese que decir todo lo que pienso, me odiarían, ratifico que me odiarían, al igual que ellos, ¿cuántos juicios e insultos no debieron haberme dicho solo con la mente?
Y hay veces que uno quisiera pasar el día sin escuchar una sola voz, sin detectar ningún movimiento humano. Sin soportar a nadie. Sin tener que articular palabra alguna.
A veces no comprendo a las personas que necesitan estar rodeadas de otras personas, es cansado, es molesto, irritante, con el tiempo te vuelves huraño, y ocho de cada diez voces que se dirigen a mí, me hacen hacer muecas y poner los ojos en blanco, aunque responda con voz suave y amable. Y si me llegan a colmar la paciencia, del mismo modo en el que logré simpatizar, lograré que me odien, pero que me odien con ganas, de ese odio que no se olvida. O al menos me encargaré de decirles algo desagradable que se quedará en sus mentes por un buen rato.
Generalmente, las voces deben tratarse como sonidos vacíos e insignificantes, y los humanos deben verse como muebles, que solo están ahí y con quienes se comparte el planeta. Pero a veces tengo la desdicha de chocar con muebles, con estúpidos muebles desagradables, estorbosos y llenos de suciedad. Y las voces vacías e insignificantes, se vuelven irritantes, chillonas, que tan solo de oír su insensatez, hartan.
Y no digo que yo esté bien y los demás estén mal, simplemente creo, que ellos y yo somos la misma especie, entonces, si actúan y son como yo, o peores, mejor no quiero nada y prefiero mantener la distancia.
Recuerdos del pasado
Querido crío del pasado no llores más, te hablo sincero deja lamentos en el suelo te habla tu yo más avanzado, ahora las cosas no van bien aquí te irás dando cuenta, Y si, llorarás por cada cosa y crecerás teniendo en cuenta, que tú no eres ni serás de cerca como otras personas, no hay mucha gente como tú es simple pero no reaccionas.
Ten ambiciones en la vida no pierdas la virtud, esa actitud, la que no ves la que te impide ver la luz. Sé que es frustrante ver que todos siempre ríen a tu espada
y usan máscaras, te insultan crees no poder hacer nada.
aguanta hazlo por ti, por mi, mamá no estará siempre. Ten presente que esto pasa. Y te tendrás que hacer mas fuerte
poco a poco vas creciendo y vas cogiendo confianza, te amenazan y das la cara aunque a veces te la partan.
Sé que es duro, pero nadie dijo que esto fuera fácil, pues es frágil, la linea de la vida no lo pone nada fácil. Pasa el tiempo y no encajas con la gente,
pero, ese ambiente agresivo te hizo crecer tan diferente. La soledad te hizo pensar, Lo egoístas que han de ser para seguir haciendo daño al ver lagrimas caer.
Camina ponte erguido y sigue, por que esto no acaba aquí, olvida esa gente y solo vive, te mereces ser feliz, aunque pases algo de tiempo solo no será en valde,
aprenderás a crear música y como no a valorarte, diseños impregnarán papel, tu piel no tardará, y el dinero que has ahorrado finalmente lo gastarás.
Soñarás con ser Spielberg, Richard Donner en pequeño, y desde lejos verás , ser tan noble no tiene precio. Como persona has demostrado dar varias vueltas a la gente, cuando los amigos se alejen recuerda que siempre serás fuerte.
Poco a poco crecerás y pensaras qué rápido paso ,el tiempo dura unos segundos mas cuando te haces mayor.
El amor de tu vida o eso pensarás, tras 4 años de mentirás y torturas te tocará darte cuenta de que es maltrato psicológico y real. Plantéate por qué la quieres si ella no lo hizo jamás. Te dolerá pasar por sitios esto también te tocará,
los recuerdos se marchitan te vas a tener que esforzar
Tus pensamientos más ocultos piensan cosas del ayer. En un contacto con la muerte, eso no te haría algún bien. Pasarás noches asustado, insomnio te atrapará y ahogará en depresiones sentir morir de ansiedad
Mama no puede verte así, ¡Joder! No puede mas. Se que la quieres aunque a veces te cueste con ella hablar. Ella solo quiere verte bien solo eso y nada más.
No la grites cuando te habla de ir a un centro especial, para ayudarte a salir de esta, saldrás de esta ya verás. Tu solo puedes cargar esto sin manchar a los demás.
Cuando papa y mamá no estén dime tu a mi qué quedará
uno no sabe lo que tiene hasta que llega el final.
Mama te quiero pero escucha entiende que esta no es tu lucha. A veces me siento solo y pienso que ni mi alma me escucha, quiero olvidarme de lo malo porque me hace mala sangre, intento vivir el presente, Pa ́ algunas cosas ya es tarde.
miércoles, 3 de diciembre de 2014
Enjaulado
Quiero volar lejos como un pájaro enjaulado, sentir la calma y que mi alma no me quiebre en vano, entre las nubes, tocar estrellas con las manos. Sentirme vivo como tú, no un recuerdo borrado
Romper de golpe los lazos del pasado, y vivo vagando solo, y solo mi sueño persigo. Intentando serme fiel, conmigo mismo, plasmando en el papel uno de tantos logaritmos.
Puto pesimista, dicen a estas alturas ya es que dudo de si me importa que dice un capullo. Que si que estuve mal y triste y no me arrepiento, después de estar tan solo tu consejo es tarde, y siento que puedo, tras caer a lo más hondo de esto, me queda, levantarme y seguir recto de esta manera ese el modo, depende de mí salir a flote de esa guerra que supone ser feliz.
O no, porque si pierdo la batalla llenaré de ira mi alma mi cuerpo mi mirada perdida sin vida. Consumiré todo mi ser como un veneno tan intenso que me invade y me devora como el sida.
Así que siempre yo tengo la elección aunque salpique, todo el camino es complicado, así es la vida dicen. Por eso me levanto y lucho cual guerrero, siempre tenemos sueños, pero el mío es el primero.
Y es certera, mi forma de mirar la vida.
¿Cuantas veces habré pensado de forma negativa? Pero hoy ya no es el día, todavía hay esperanza para mi, para ti, cree en ti, vas a salir.
Para ser libre de verdad,como el aire en movimiento, atento, vive momentos que recuerdes sin impedimentos. Pasaras al otro lado con esfuerzo. Te lo dice un loco
Que ahora si cree en sus sueños.
La vida es complicada te la tienes que fumar, aunque tras calada sepas que te queda menos.
Pero si te pones frenos y te niegas a vivirla, joderás a quien te quiere y quien te importa de verdad.